Lago de Thau (Francia)

Aquí, además de un buen puñado de restaurantes y terrazas con vistas a la albufera y al puerto deportivo, se encuentra el Musée de l’Etang de Thau, en el que se ofrece una visión completa -aunque muy poco interactiva, todo hay que decirlo- de la ostricultura: desde los rudimentarios cultivos efectuados por el noble romano Sergius Orata a finales del siglo II antes de Cristo, hasta las modernas técnicas que hoy permiten vivir de esto en la laguna a 750 productores, entre las que destaca el exhaustivo estudio, en un centro de investigación, de la calidad del agua, un agua tan pura y cristalina que, aun siendo salada, dan ganas de bebérsela.

 

 

 

LAGO DE THAU.
 
El lugar preferido de los devoradores de ostras es Bouzigues, un cuidado pueblo de la orilla nororiental al que los promotores turísticos han adjudicado el no muy ingenioso título de Perla de la Laguna de Thau. Aquí, además de un buen puñado de restaurantes y terrazas con vistas a la albufera y al puerto deportivo, se encuentra el Musée de l’Etang de Thau, en el que se ofrece una visión completa -aunque muy poco interactiva, todo hay que decirlo- de la ostricultura: desde los rudimentarios cultivos efectuados por el noble romano Sergius Orata a finales del siglo II antes de Cristo, hasta las modernas técnicas que hoy permiten vivir de esto en la laguna a 750 productores, entre las que destaca el exhaustivo estudio, en un centro de investigación, de la calidad del agua, un agua tan pura y cristalina que, aun siendo salada, dan ganas de bebérsela.

SETE.

Al llegar a Sète, ya sea por tren o por carretera lo que más sorprende es la redondeada colina que aparece dominándolo todo. Si el sol bajo del invierno acompaña el verdor de sus campos, podríamos pensar llegar a una lujosa ciudad residencial. Al acercarnos más, vemos el azul del mar añil que penetra en la tierra por canales casi venecianos. Ahí se ve el verdadero Sète, mucho más industrioso que la lánguida Venecia, pues estos canales aún se llenan de barcos pesqueros que descargan al atardecer las capturas onerosas de un día de labor bien sudada. Ya en la ciudad, con los canales portuarios que llegan hasta la estación de tren, con el monte Saint-Clair al fondo, pero cercano, vemos la cara obrera de la ciudad. Ésta, tintada de edificios burgueses que dan aún más colorido y mezcla al puerto. La ciudad engloba y rodea al monte, refugio de verde entre tanta planicie arenosa. Sète puede parecer un oasis en mitad de un desierto azul y amarillo.

Primer puerto pesquero francés del Mediterráneo, Sète concentra gran parte de su actividad y de su encanto en los muelles y en la lonja, donde la subasta -supuestamente reservada para profesionales, aunque acaba entrando todo bicho viviente se desarrolla en un extraño silencio, como si en lugar de pulpos se vendiesen automóviles. Justo enfrente de la lonja, en el muelle de Sant Louis, no muy lejos del faro, una inscripción rememora la odisea del barco Exodus 47, que partió de este lugar el 11 de julio de 1947 camino de Palestina con 4.530 emigrantes a bordo, muchos de ellos supervivientes del Holocausto.

En sus muelles el pescado aún afluye regularmente por las tardes, cuando el sol se acuesta tras una dura jornada entre una explosión de rojos, anaranjados y amarillos; con el azul como soporte, en el mar y en ese cielo que se va apagando, al tiempo que los aromas de una parrilla de sardinas o marisco llenan el aire y una canción recuerda a los hijos pródigos de Sète.
Y es que Sète es una ciudad marcada por el signo, trágico y esperanzado al mismo tiempo, de la emigración. Pescadores de origen calabrés o napolitano, como los abuelos de George Brassens. Argelinos que atruenan las calles con sus coches tuneados. Están los gallegos que bajan todas las tardes al puerto para confirmar que ya no se sacan más que pezqueñines.

Gente del país también hay, naturalmente, y tiene incluso su barrio típico, la Pointe Courte. Situado en el extremo contrario del Canal Royal, este otro puerto vive de lo que se pesca en la laguna y en el propio canal, donde, sobre todo en otoño, se cogen doradas a capazos. Las casas, pequeñas y bien ordenadas, tienen su encanto, pero la palma se la llevan los tinglados de madera de los pescadores, que están decorados con los más delirantes adornos -conchas de Santiago, cuernos de cabra, Estatuas de la Libertad, loros de plástico e incluso carteles de Peligro: toros bravos- y atestados de gatos, muy apreciados ellos por mantener el barrio limpio de roedores y las redes de hediondos restos piscatorios.  En la foto de la derecha (Gyss) vemos la barca que usaba George Brassens para salir a pasear y pescar.

La fiesta de las “Joutes” de Sète.

Dos veces por año, una en diciembre, y la otra a finales de agosto, las “Joutes” reúnen a las multitudes en torno a los canales de Sète. Allí un particular torneo tiene lugar. En el Gran Canal encaramados en barcas típicamente mediterráneas, los contendientes, todos de blanco, pero unos ornados de azul y otro de rojo se enfrentas en justa singular. Y así desde 1666 año de fundación de la ciudad. Este torne es una de las máximas atracciones festivas de la ciudad. La barca azul y la roja, al ritmo del oboe y el tamboril, instrumentos típicos del bajo Languedoc y la Provenza, situados en la proa de la barcaza.

Gastronomía.

La cocina de Sete se inspira profundamente en los orígenes napolitanos de los habitantes de Sete y los productos del mar y el estanque. Especialidades: bourride de rape, bullabesa, mejillones y calamares rellenos, macaronade, tielle, rouille de sepia… una amplia selección de platos que podrá saborear en los ochenta restaurantes de la ciudad.

Restaurantes a recomendar.

Terre et Mer. Local propiedad de Tony Vives de origen español que trabajó muchos años en el segundo piso de la Torre Eifel, a las órdenes de Alain Ducasse, tres estrellas Michelin y donde aprendió formas de cocinar los alimentos de una manera excepcional. Lo mejor del restaurante es que la cocina está delante del comensal, las viandas son frescas del día y los platos los elaboran al momento.

L’oranger. Valéry Pignone propone una cocina creativa y original: rebanada de pan cateto al pulpo fresco en el aïoli, el foie gras (hígado graso), pescados elaborados de diferentes formas y su pan especial, Camembert tibio al caramelo blando pimentado. Menú cambiante con arreglo a los productos del mercado. Cocina refinada semi gastronómica. Es en una atmósfera amistosa con una atención totalmente particular por parte de Valéry y su marido que hace las funciones de Maître, en  el que usted apreciará una cocina del terruño, inventiva y originalmente adornada  y elaborada. Está situado en el centro de la ciudad, en lo alto de la plaza del municipio que domina la fuente de Pouffre.

Para más información:

www.sunfrance.com
www.franceguide.com

 

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