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SAMARKANDA

 

 

Samarkanda. Un nombre con ecos de magia. Un lugar al que parece no poderse llegar si no es en alfombra voladora, con el pasaporte de los sueños, con la imaginación por equipaje.

Pero no, es una ciudad real, con coordenadas geográficas precisas. Una de las ciudades más antiguas del mundo habitada sin interrupción, testigo de mil vivencias, eje y contrapunto del paso de pueblos y etnias a lo largo de su historia, con momentos de mayor o menor esplendor.

Samarcanda fue durante siglos el epicentro del comercio, pero por allí no solo circularon ricas mercancías, extraños productos procedentes de lugares recónditos, sino también fue vórtice de la cultura, de las ideas, de la vida, hasta ser considerada como el corazón de la Ruta de la Seda.

Cuenta la leyenda que allá por el tercer milenio antes de Cristo, la esposa del emperador de China estaba tomando una taza de té cuando un gusano cayó en su interior. El insecto había formado un capullo para cobijarse en su interior mientras se producía el paso de crisálida y alcanzar el estado de adulto convirtiéndose en mariposa. Al sacarlo de la taza se formó un hilo finísimo y brillante; hasta un kilómetro y medio de hilo pudo salir de un solo capullo, pero tan fino que se necesitaron no menos de doce hilos para poderlo tejer.SAMARKANDA 1

Había nacido la seda y este término representó para la humanidad el arquetipo del lujo, la riqueza y también del misterio. Los emperadores chinos protegieron con celo su tesoro, amenazando con penas terribles a quien osara desvelarlo. Pero fue otra princesa china quien dio a conocer al mundo aquel extraño producto sacando del país unos gusanos de seda ocultos en su cabellera.

La Ruta de la Seda había sido una red comercial establecida a partir del siglo I a.C. y que se extendía más de doce mil kilómetros, atravesando todo el continente asiático, conectando China con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía para alcanzar Europa y África. Sin embargo, este término es relativamente reciente y fue creado en 1877 por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, quien lo introdujo en su obra Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda, refiriéndose a la mercancía más prestigiosa que circulaba por ella, con compañeros tan codiciados como diamantes de Golconda, jade de China, perlas del golfo Pérsico, rubíes de Birmania, ámbar, marfil, laca, especias, coral…

El origen de la ciudad de Samarcanda, en pleno Asia Central, se remonta hasta el siglo VII a.C. cuando el legendario rey Afrasiab la fundó sobre una colina flanqueada por los ríos Oxus (Amu Daria) y Jaxartes (Sir Daria) y desde entonces siempre ha estado habitada vanagloriándose de ser una de las ciudades más antiguas del mundo. Vivió momentos de esplendor formando parte del Imperio greco- bactriano y otros de amargura al ser destruida por los ejércitos de Alejandro Magno.

El pueblo Sogdiano la ocupó en el primer milenio de nuestra Era y a ellos debió su prosperidad. Llamaron a la ciudad Marakanda, de donde se supone que evolucionó su actual nombre. Ellos organizaron el comercio de las caravanas de la Ruta de la Seda y con ello cimentaron su riqueza y poder.

Cuando aún no se habían apagado los ecos de las grandes conquistas de Gengis Khan por Asia Central, otro gran conquistador Amir Timur llamado el Tamerlán decidió hacer de Samarkanda capital de su imperio. Un imperio que abarcó desde Moscú hasta Delhi, desde la Anatolia hasta las fronteras chinas y no siguió en esa dirección porque le sorprendió la muerte. Porque los grandes hombres, aunque se crean inmortales, también mueren, y el Tamerlán, seguro de su poder, pagado de sí mismo, no delegó sus funciones en fieles y estrechos colaboradores, en miembros de su propia familia que continuaran su obra y cuando él ya no estuvo presente el imperio su hundió.SAMARKANDA 2

Y esa obra suya, conoció el éxito y también el terror, conquistó ciudades y arrasó pueblos pasando a cuchillo a cuanto ser encontró a su paso. Se cifra en diecisiete millones de personas las que perecieron en su expansión y esa cifra hay que situarla en el censo de población del siglo XIV, lo que adquiere unas proporciones colosales.

Su fama se extendió todavía más allá que su poder y, conocedor de ella, el rey Enrique III de Castilla despachó una primera embajada para verificar sus victorias –pues los medios de comunicación de la época eran lo bastante deficientes para no creerse tanta hazaña– y granjearse la amistad del célebre conquistador mogol. Los emisarios presenciaron personalmente la batalla de Angora en la que el Gran Khan venció e hizo prisionero al sultán turco-otomano Bayaceto, pesadilla del mundo cristiano. Recibidos por el Tamerlán, les dio una carta de amistad para el rey castellano acompañada de ricos presentes.

Es de suponer la impresión que causó, en el sobrio mundo castellano, el regreso de los enviados, hasta el punto que el rey preparó una segunda embajada encabezada por el noble caballero Ruy González de Clavijo que cuando llegó el 8 de septiembre de 1404, tras más de un año de viaje (había partido el 22 de mayo de 1403 del Puerto de Santa María), se encontró a un Tamerlan casi septuagenario y ya gravemente enfermo, pero el recibimiento, el lujo, el agasajo de que fueron objeto deslumbraron a Clavijo que dejó constancia pormenorizada de cuanto allí había en su libro Historia del Gran Tamorlán e itinerario y narración del viaje, y relación de la embajada que Ruy Gonzalez de Clavijo le hizo por mandado del muy poderoso Señor Rey Don Enrique el tercero de Castilla.

Hoy Samarcanda revive gracias a una reconstrucción majestuosa, en la que no es ajena la información que suministró Clavijo, que hace evocar aquellos momentos de esplendor como si el tiempo no hubiera pasado. La ocupación soviética de Asia Central trajo a esta ciudad, lo mismo que a sus vecinas Bukhara y Khiva, un programa para su rehabilitación y conservación que las ha hecho merecedoras de la calificación de Patrimonio de la Humanidad.

Hoy son un increíble espectáculo de cúpulas de color azul. Cada madrasa, mezquita o tumba están cubiertas por cúpulas de cerámica celeste que luchan encarnizadamente –como en otro tiempo hiciera el Tamerlán– contra las inclemencias climáticas extremas en una naturaleza demoledora no exenta de terremotos, además del terremoto humano que quiebra y rapiña.

El nombre de Samarkanda es el reclamo perfecto, pero su visita no estaría completa si en el itinerario no se incluyera a estas dos ciudades Bukhara, donde Avicena escribió su Canon de la Medicina, y Khiva, el recinto amurallado de Itchan Kala, un museo al aire libre donde es fácil transportarse a otro tiempo, a otro mundo, a otra fantasía

Texto y fotos: Susana Ávila